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Tu piel no sabe que es septiembre, pero sí lo que ha pasado durante el verano

Foto del escritor: Dra. García Millán
Dra. García Millán
hace 10 horas
4 min de lectura

Estos días me preguntáis mucho en consulta qué haceros ahora que ha llegado septiembre. Mi respuesta suele ser la misma: tu piel no sabe que es septiembre, pero sí sabe lo que ha pasado durante el verano.


Septiembre no debería ser el mes de "tengo que hacerme algo"; debe ser el mes de volver a mirar la piel.

Así que yo no empezaría preguntándome qué tratamiento me hago, sino cómo ha vuelto mi piel del verano. Y a partir de ahí, decidimos.


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Cómo vuelve la piel del verano

Después del verano hay situaciones que vemos con mucha frecuencia en consulta. La primera es el pigmento: lentigos (las conocidas como manchas de sol) que se hacen más visibles, un melasma que puede haberse intensificado o hiperpigmentaciones que aparecen después de un proceso inflamatorio de la piel.


También podemos encontrar una rosácea descompensada (la rosácea es una tendencia a la rojez y al rubor en la cara) o algunas lesiones de acné. Y también podemos ver la piel más deshidratada.


Puedes notar la piel tirante, más cuarteada y con las líneas mucho más marcadas, sobre todo si has pasado semanas en una zona húmeda y vuelves a un clima seco como el de Madrid.


¿Y qué hacemos?


Si es sequedad, simplificar la rutina

Si es simplemente sequedad, conviene simplificar la rutina. Reducimos temporalmente los activos irritantes (los ingredientes que buscan un efecto concreto sobre la piel, como el retinol o los ácidos exfoliantes, entre ellos el glicólico o el salicílico) y utilizamos una hidratación más reparadora, con humectantes (sustancias que retienen el agua en la piel) y lípidos de barrera (los que refuerzan su capa más externa).


Volvemos a introducir los activos cuando la piel deja de tirar y de escocer al aplicar la crema. Lo hacemos de uno en uno y de forma espaciada, y aumentamos la frecuencia según la tolerancia. Con los retinoides, esta introducción progresiva permite que la piel se acostumbre, y además prefiero esperar dos o tres semanas tras la vuelta de vacaciones, mejor si no hay planes de sol por delante. Una ligera tirantez los primeros días es esperable; si la tirantez o el picor no ceden, volvemos a espaciarlos.


Si hay inflamación, más crema no es suficiente

Pero si además hay ardor, rojez, una descamación que no cede o una rosácea o dermatitis (una inflamación de la piel) que se nos ha descompensado, por mucha crema que pongamos no es suficiente. Por lo tanto, hay que tratar la inflamación.


En consulta, primero identificamos de qué se trata y después pautamos el tratamiento, tópico u oral según el caso. Mientras tanto, mantenemos una rutina muy suave y debemos protegernos del sol y del calor, que en la rosácea son desencadenantes habituales. Un tratamiento ya pautado conviene comentarlo con tu dermatólogo antes de suspenderlo.


Las manchas, antes del láser o la luz pulsada

Con las manchas ocurre algo parecido. Hay que saber qué pigmentación tenemos delante antes de pensar en el láser o en la luz pulsada intensa (IPL).


Un lentigo, un melasma y una mancha postinflamatoria tienen un origen distinto y no responden igual a la luz. En el melasma, un láser o una luz pulsada mal indicados pueden empeorar la mancha. Bien indicados y combinados con otros tratamientos, en cambio, pueden ayudar. En una piel todavía bronceada o inflamada, estas técnicas pueden dejar además manchas nuevas. Por eso prefiero esperar a que disminuya el bronceado, para que el tratamiento sea más eficaz y seguro.


Además, antes de eliminar una mancha hay que confirmar que es benigna, con dermatoscopia (una exploración con aumento y luz especial) y, si hay dudas, con una biopsia. El láser o la luz pulsada la eliminan, y después ya no podemos estudiarla al microscopio.


Un lentigo, un melasma y una mancha postinflamatoria tienen un origen distinto y no responden igual a la luz.

Con tratamiento o sin tratamiento

La valoración decide también, cuando hay que tratar, el orden, la combinación y el tiempo. Un melasma suele necesitar varias técnicas combinadas, una fotoprotección constante (mejor con color, que filtra también la luz visible), paciencia durante meses y un mantenimiento posterior, dado que tiende a reaparecer. Y unos lentigos bien diagnosticados suelen requerir un planteamiento más sencillo.


Por eso septiembre me parece un buen momento para hacer balance. En consulta valoraremos si hay deshidratación, inflamación o exceso de pigmento, y si necesitamos realmente un tratamiento o no.


Con tratamiento o sin tratamiento, se trata de valorar qué necesita realmente tu piel y tratarla en consecuencia.


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