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Dos décadas trabajando con láser dermatológico

  • Foto del escritor: Dra. García Millán
    Dra. García Millán
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

A lo largo de más de dos décadas dedicada a la dermatología, con formación en una unidad de referencia nacional como la del Hospital Ramón y Cajal, y tras años como docente en diversos másteres de dermatología y láser, he vivido en primera línea la evolución tecnológica de los dispositivos láser. He asistido a la aparición de nuevas plataformas, a la mejora de los sistemas de disparo, a la personalización de los parámetros. Pero si algo he aprendido en todo este tiempo es que, por mucho que avance la tecnología, el verdadero valor sigue estando en las manos que la utilizan.



La tecnología ha mejorado, pero no lo hace todo

En estos años, el número de plataformas láser en el mercado se ha multiplicado. Hemos pasado de sistemas rudimentarios a tecnologías precisas, seguras y versátiles. Se han afinado los pulsos, mejorado las longitudes de onda, incorporado sistemas de enfriamiento y aumentado las posibilidades terapéuticas. La fototermólisis selectiva es más eficaz y menos invasiva que nunca. Pero el hecho de que estas tecnologías estén más disponibles no significa que todos los tratamientos sean iguales. El láser sigue siendo una herramienta médica, no un botón mágico.


El láser exige formación, criterio y experiencia

El aprendizaje en láser es largo. Requiere conocer la física de la luz, la interacción con los tejidos, el comportamiento de cada tipo de piel y la evolución esperada de cada lesión. Y sobre todo, requiere práctica clínica supervisada y sentido crítico. No basta con saber manejar un equipo. Hay que saber cuándo utilizarlo, con qué parámetros, en qué tipo de piel y con qué expectativas. De lo contrario, se puede generar un daño real. Porque sí, los efectos adversos también existen, y evitarlos depende más del criterio clínico que del software del aparato.


No todo lo que se anuncia como láser es medicina

En los últimos años hemos visto cómo muchas clínicas incorporan tecnologías con fines puramente comerciales. Se prioriza el marketing frente a la indicación médica. Se ofrecen tratamientos estandarizados, desvinculados del diagnóstico, con la promesa de resultados espectaculares y sin riesgos. Como dermatóloga, me preocupa esta trivialización. No todos los operadores están capacitados para usar estas tecnologías con seguridad. Y no todos los tratamientos que se anuncian como “láser” están realmente avalados por la evidencia o la experiencia médica.


Mis láseres favoritos (y por qué)

Entre todas las tecnologías que empleo en consulta, tengo predilección por algunos tratamientos que me han demostrado, una y otra vez, su eficacia y versatilidad. El láser fraccionado microablativo es, para mí, una herramienta excepcional para el rejuvenecimiento y la mejora de cicatrices. El láser fraccionado no ablativo permite trabajar en capas profundas con tiempos de recuperación más cortos. El CO₂ sigue siendo insustituible en tratamientos seleccionados cuando se precisa una remodelación más intensa. El láser de picosegundos ha supuesto un avance en lesiones pigmentadas y en calidad de piel, especialmente por su efecto mecánico y mínimo daño térmico. Y no puedo dejar de mencionar la tecnología BBL (BroadBand Light), una evolución del IPL que ofrece una luz más estable, selectiva y eficaz para el tratamiento del fotoenvejecimiento y la disfunción pigmentaria.


Elegir bien: manos y criterio experto

En dermatología láser, lo más importante no es el equipo más caro, ni el protocolo más moderno. Lo importante es el conocimiento detrás del tratamiento. El buen resultado no lo garantiza la máquina, sino la formación del profesional, su capacidad diagnóstica y su experiencia en el manejo clínico de cada paciente. Antes de elegir un tratamiento con láser, pregúntate quién está al mando. Porque cuando se trata de la piel, no deberíamos confiar en nada que no venga acompañado de criterio médico.


Fuentes

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